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martes, 2 de noviembre de 2010

LA VISITA

Tengo un comercio. Saco a la vereda una mesita de coca-cola que me prestaron con 3 sillas, y tomo mate al sol, fumo, miro y saludo.
A veces sucede que alguien viene a sentarse, alguien conocido que pasó y se sentó. Se sentó ahí y empezó a hablar, yo hablo, escucho más, lo miro, sonrío, escucho, digo una palabra, pienso que yo no lo invité, que quiero que se vaya, que no puedo pararme, que tengo que atenderlo. Sigue hablando, me distraigo, tengo las manos húmedas, me las froto por las piernas secándolas, después cruzo los brazos e intento ponerme en sintonía de la charla. Normalmente no me pongo así en mi vereda, solo cuando se sientan sin invitación y yo no quiero estar con nadie.
Le convido un mate, odio convidar un mate a un "conocido", siento que le doy el poder de seguir ahí. Tomamos mate, se pone más agradable porque mientras pensaba todo esto que estoy escribiendo, perdí 3 minutos y no escuche nada de lo que me dijo. Me ofrece un cigarrillo y digo que no, saco de los míos como un acto de violencia pero no lo asume así. Ni se da cuenta. Le robo fuego con una sonrisa, acoto palabras claves: "claro" "seguro" "ni hablar" y se que no es una posibilidad irme, entonces tengo que saber de qué habla porque empiezo a temer que me pida una opinión, y antes del desastre debo cambiar de tema.
Le pregunto si se queda unos mates más, con la esperanza de que no, me dice que sí, que me acompaña 2 o 3 porque está apurado. Entro, hago mate, tardo más de lo habitual, descubro que al hacer eso estiro la visita también, me resigno, paso a odiarlo por ponerme en esa situación sin consultarme, después me doy cuenta de mi intolerancia, pienso que es demasiado obvia mi cara, la cambio y me pongo verborragica pero ya es tarde. Se tiene que ir, se para, se despide y yo siento por dentro una vergüenza atroz y pienso "se dió cuenta".

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